Deep End
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Short story

La sonata inconclusa

An aging concert pianist whose hand is failing must decide whether to play one last public recital.

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Words to know (45)
  • la lentitud · slowness
  • el meñique · little finger
  • la decadencia · decline
  • advertir · to notice
  • aguardar · to wait for
  • alimentar · to feed
  • el arpegio · arpeggio
  • aséptico · sterile
  • atarse · to tie on
  • entre bambalinas · backstage
  • bautizar · to name
  • el bis · encore
  • el centímetro · centimeter
  • el cerebro · brain
  • el chal · shawl
  • combatir · to fight
  • compensar · to compensate for
  • la confesión · confession
  • confundir · to mix up
  • consentir · to allow
  • corresponder · to be one's place
  • curvado · curved
  • desenredar · to untangle
  • desnudo · bare
  • detectar · to detect
  • digno · dignified
  • discreto · discreet
  • la distonía · dystonia
  • la droga · drug
  • encadenar · to link together
  • enredarse · to get tangled
  • la exhibición · display
  • la expectación · anticipation
  • focal · focal
  • el fraseo · phrasing
  • la gloria · glory
  • la grieta · crack
  • indecoroso · unseemly
  • íntimo · intimate
  • la juventud · youth
  • la lágrima · tear
  • la madeja · skein
  • milimétrico · minutely precise
  • minado · mined
  • motriz · motor

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Elena Zubiaga llevaba cuarenta y tres años subiendo al mismo tipo de escenario, y sin embargo aquella tarde, mientras se el sobre los hombros en el camerino del Teatro Losada, sintió que las piernas le pesaban como si el suelo hubiese decidido, por fin, reclamarla. El temblor había empezado dos años atrás, apenas perceptible, un titubeo en el derecho durante los pasajes de Brahms. Ahora, cuando intentaba un rápido, los dedos se le entre sí como hilos de una que nadie sabía ya

El médico lo había llamado del músico, una expresión clínica y para nombrar lo que a ella le parecía, sencillamente, una traición. Le explicó que el tras décadas de repetir los mismos movimientos a veces las señales que enviaba a cada dedo, como si la memoria se hubiese saturado de tanto perfeccionismo. Elena escuchó aquello con la misma atención distante con que hubiera escuchado el pronóstico del tiempo para una ciudad que ya no pensaba visitar.

Su representante, Julio Andrade, quien la conocía desde que era una joven prodigio de Rosario, le había insistido en cancelar el recital de esa noche —el último de una gira de despedida que ella misma, con cierta vanidad trágica, había como Adiós al teclado—. Pero cancelar significaba admitir ante el público lo que sólo admitía ante el espejo: que la mujer que una vez tocó los veinticuatro estudios de Chopin de memoria y sin titubear ahora debía elegir el repertorio en función de lo que sus manos todavía ejecutar.

Había decidido, contra el consejo de Julio, sustituir la Appassionata por un programa más introspectivo: los Nocturnos de Chopin, que exigían menos velocidad y más aire entre las notas, más silencio, sin ningún sitio donde esconderse. Le parecía casi después de una carrera construida sobre la del virtuosismo, presentarse ante el público con las manos, por así decirlo, de artificio.

Mientras esperaba entre oyó el murmullo familiar de la sala llenándose, ese rumor de que durante décadas la había como una silenciosa. Pensó en su maestro, el viejo Kohan, quien solía decirle que un pianista no interpreta una partitura sino que negocia con ella, y que cada concierto era, en el fondo, una negociación distinta según lo que el cuerpo estuviera dispuesto a ceder aquel día.

Salió al escenario y el aplauso la recibió como una ola cálida contra la que no hacía falta nadar, simplemente dejarse llevar. Se sentó, ajustó el banco un —un gesto ritual que ya no cumplía ninguna función salvo la de darle tiempo para respirar—, y colocó las manos sobre las teclas frías, ese instante en que el silencio se vuelve insoportable y hay que romperlo con la primera nota.

El primer Nocturno fluyó con una que a ella misma la sorprendió: no era la calculada de la interpretación, sino la de quien camina por un terreno que sabe En el octavo compás, el se negó a obedecer y la nota sonó opaca, casi ausente, como una palabra tragada a media frase. Nadie en la sala pareció salvo quizás algún crítico entrenado para la bajo el barniz.

Continuó. Descubrió, hacia la mitad de la pieza, que podía la rigidez del dedo apoyándose más en la muñeca, dejando que el peso del brazo hiciera el trabajo que antes hacía la precisión digital. No era la misma sonoridad de sus grabaciones de pero era, pensó, una sonoridad honesta, la de un cuerpo que negociaba en tiempo real con su propia

En el segundo Nocturno permitió que el temblor se filtrara en el en vez de y el resultado fue una versión más vulnerable, casi quebrada, que arrancó del público un silencio distinto al de la reverencia habitual: un silencio incómodo, como el que sigue a una no solicitada. Elena se preguntó si aquello era artística o, por el contrario, el hallazgo tardío de algo que el virtuosismo de sus años dorados jamás le había permitido tocar.

Terminó el programa sin cosa inusual en ella, que solía regalar dos o tres piezas extra como quien reparte monedas de buena voluntad. Se levantó, hizo la reverencia acostumbrada, y notó que las del público —porque las hubo, en las primeras filas— no eran de lástima sino de algo más parecido al reconocimiento: la certeza compartida de haber presenciado no la cima de una carrera sino su descenso, tan como cualquier ascenso.

Esa noche, ya en el hotel, Julio le preguntó si aquello había sido en verdad su despedida definitiva. Elena, mirando sus propias manos bajo la lámpara del velador, con las venas marcadas y el aún ligeramente hacia dentro, no supo qué responder. Le pareció que la pregunta suponía una claridad que ella, sencillamente, no poseía.

Se durmió pensando en el octavo compás, en esa nota opaca que nadie había señalado pero que ella recordaría, sospechaba, con más nitidez que cualquier acorde perfecto de sus años de Al día siguiente, sin decírselo a Julio, apartó de su archivador la partitura de los Nocturnos y, en su lugar, sacó un cuaderno en blanco. No para componer —eso, decidió, ya no le sino para empezar, por primera vez en su vida adulta, a escribir sobre lo que era tocar sin la certeza de la perfección.

Comprehension check

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1. What medical condition has affected Elena's right hand?

2. What change did Elena make to her final concert program?

3. How did Elena adapt her technique during the performance when her pinky failed her?

4. What did Elena do the day after the concert instead of composing music?