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Short story

El ruido de las cosas quietas

A war correspondent's psychologically difficult return to ordinary civilian life after years covering distant conflicts.

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Words to know (31)
  • ordinario · ordinary
  • la urgencia · urgency
  • la quietud · stillness
  • trivial · trivial
  • absorto · absorbed
  • la adrenalina · adrenaline
  • agacharse · to duck
  • la agencia · agency
  • la ambivalencia · ambivalence
  • armado · armed
  • la atrocidad · atrocity
  • el cerebro · brain
  • el comensal · fellow diner
  • conversar · to talk
  • la corresponsalía · work as a correspondent
  • depender de · to depend on
  • discreto · quiet
  • disimular · to cover up
  • doméstico · domestic
  • elemental · basic
  • escolar · school
  • la hipervigilancia · hypervigilance
  • hogareño · domestic, home (adj.); home-loving
  • la incapacidad · inability
  • la indecisión · indecision
  • indefinidamente · indefinitely
  • indispensable · essential
  • intrusivo · intrusive
  • la magnitud · magnitude
  • ocupacional · occupational
  • ofrecer · to offer

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Cuando Marcelo Undurraga regresó definitivamente a Santiago después de catorce años cubriendo conflictos en tres continentes distintos para una internacional de noticias, descubrió que la tarea más difícil de su nueva vida no era encontrar trabajo estable ni readaptarse económicamente, sino algo mucho más y, a la vez, mucho más difícil de explicarle a quienes no habían compartido su experiencia: aprender de nuevo a habitar la de una vida sin constante.

El primer síntoma evidente apareció durante una cena familiar de bienvenida, cuando el sonido de unos fuegos artificiales lejanos, lanzados con motivo de alguna fiesta patronal del barrio, lo hizo instintivamente bajo la mesa, un reflejo que sus sobrinos pequeños encontraron divertido y que su hermana, alarmada, intentó ante los demás con una risa nerviosa que no engañó a nadie del todo.

Su esposa, Carolina, quien lo había esperado con paciencia durante los períodos más prolongados de sus coberturas en zonas de conflicto, notó con preocupación creciente que Marcelo, ya instalado físicamente en la rutina permanecía sin embargo emocionalmente ausente durante largos períodos, como si su mente continuara procesando escenas que su cuerpo ya no presenciaba directamente pero que su memoria se negaba a soltar del todo.

Un terapeuta especializado en trauma al que acudió inicialmente por insistencia de Carolina más que por convicción propia, le explicó que el trastorno de estrés postraumático no se manifestaba únicamente en pesadillas explícitas o en recuerdos de escenas violentas, sino también, y de manera más sutil, en una progresiva para tolerar la para permanecer presente en momentos donde nada urgente demandaba su atención inmediata.

Marcelo descubrió, en efecto, que encontraba mayor comodidad sobre las presenciadas durante sus años de —siempre con el distanciamiento profesional del periodista que reporta hechos, jamás con la vulnerabilidad emocional propia— que sosteniendo una conversación sobre el menú semanal o los deberes de sus sobrinos, temas que le resultaban, paradójicamente, mucho más difíciles de habitar con genuina presencia emocional.

Su antiguo editor le meses después de su regreso, un puesto estable en la redacción central, cubriendo temas nacionales de política una oferta que representaba objetivamente una mejora considerable en términos de estabilidad y seguridad personal, pero que Marcelo rechazó inicialmente con una excusa vaga sobre no sentirse todavía preparado, sin poder articular del todo la verdadera razón: temía profundamente que la vida sin la constante de las zonas de conflicto, le resultara insoportablemente vacía de sentido.

Carolina, agotada de presenciar aquella lucha silenciosa sin saber exactamente cómo ayudar, le propuso un ejercicio que había aprendido durante sus propias sesiones de terapia de pareja: dedicar quince minutos diarios, sin teléfono ni distracciones, simplemente a describir en voz alta lo que veía y sentía en el momento presente, sin ninguna referencia a experiencias pasadas ni preocupaciones futuras, un ejercicio que a Marcelo le pareció al principio absurdamente simple y que, sin embargo, le resultó mucho más difícil de sostener de lo que había anticipado.

Durante las primeras semanas de aquel ejercicio, Marcelo descubrió que apenas lograba mantener la atención en el presente durante más de un minuto antes de que su mente derivara, casi automáticamente, hacia recuerdos de coberturas pasadas o hacia preocupaciones abstractas sobre su propia utilidad futura, un patrón que el terapeuta le confirmó era característico de quienes habían pasado años operando en un estado de constante que el no sabía todavía cómo desactivar.

Aceptó finalmente, tras meses de el puesto ofrecido por su antiguo editor, no porque hubiera resuelto del todo su interna, sino porque comprendió que la resolución completa quizás no fuera un requisito para intentarlo, y que la única manera de descubrir si la vida podía todavía ofrecerle algún sentido genuino era habitándola, con toda su incomodidad inicial, en lugar de seguir postergando la decisión.

Los primeros meses en la redacción nacional resultaron, en efecto, tan difíciles como había temido: cubrir disputas presupuestarias municipales le parecía comparado con la moral de reportar sobre desplazamientos forzados de población civil, y más de una vez consideró seriamente renunciar y buscar otra asignación internacional que le devolviera aquella sensación de propósito que tanto extrañaba.

Sin embargo, hacia el sexto mes, cubriendo una historia menor sobre una escuela pública en riesgo de cierre por falta de fondos, Marcelo se sorprendió a sí mismo genuinamente en los detalles concretos de la vida de los niños afectados, sus rutinas cotidianas amenazadas por una decisión administrativa distante, y comprendió, con un alivio tan que casi no supo reconocerlo al principio, que la moral no necesariamente de la espectacular del conflicto, sino de la calidad de la atención genuina que uno estuviera dispuesto a prestarle a cualquier vida humana concreta, por que pareciera desde fuera.

Comprehension check

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1. What instinctive reflex did Marcelo have during the family dinner?

2. What did the trauma therapist explain about PTSD's manifestation in Marcelo's case?

3. What exercise did Carolina suggest to help Marcelo?

4. What realization did Marcelo reach while covering the story about a public school at risk of closing?