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Professional & Academic · Short story

El almendrón

In Havana, an old mechanic who keeps a 1953 Chevrolet running has to accept that his grandson is leaving the country.

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Words to know (12)
  • el almendrón · old American car in Cuba
  • asentir · to nod, agree
  • la balsa · raft
  • el celular · mobile phone
  • el chofer · driver
  • la grasa · grease; fat
  • mandar · to send
  • reunir · to gather, raise
  • soviético · Soviet
  • la terminal · terminal
  • el truco · trick
  • la tuerca · nut (for a bolt)

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En La Habana llaman a los viejos carros americanos que siguen circulando sesenta o setenta años después de haber salido de Detroit, y Eusebio Lorenzo tenía uno que era la envidia de medio Centro Habana: un Chevrolet Bel Air de 1953, azul cielo, con el motor original reemplazado por uno de camión el diferencial de un Lada, los frenos de un Peugeot y unas luces traseras que alguien le había traído de Miami escondidas en una maleta. De Chevrolet, como decía su nieto, ya solo le quedaba la nostalgia.

Eusebio había sido mecánico toda la vida, primero en un taller del Estado y después, cuando se permitió, por cuenta propia, en un garaje a medias con un vecino. El era su orgullo y su sustento: lo alquilaba a un que hacía de taxi colectivo por la calle Neptuno y, en los buenos tiempos, a turistas que querían retratarse con él frente al Capitolio. En los malos, que eran más frecuentes, pasaba semanas parado por falta de gasolina o de alguna pieza que había que inventar.

Inventar es el verbo que más se oía en aquel garaje. Eusebio era capaz de fabricar una junta con la suela de un zapato y un trozo de cámara de bicicleta, de adaptar una bomba de agua de una lavadora o de afinar un carburador de oído, sin más instrumento que la experiencia. Su nieto Yasmany, que había crecido entre y herramientas, decía que su abuelo no arreglaba carros, sino que los convencía de seguir andando.

Yasmany tenía veinticuatro años, un título de ingeniero mecánico que no le servía para vivir y un sueldo que no le alcanzaba para comer más de dos semanas al mes. Desde hacía un año, como tantos amigos suyos, vendía cosas, reparaba y hablaba poco del futuro. Una noche de enero, mientras ayudaban a cambiar el aceite del con una linterna porque se había ido la corriente, le dijo a su abuelo que se iba. Tenía un primo en Tampa que lo esperaba y había a base de mil gestiones, el dinero para el viaje.

Eusebio no dijo nada durante un buen rato. Siguió apretando una que ya estaba apretada. Había visto irse a dos hijos, a varios sobrinos, a medio barrio. Había visto irse a gente en en el noventa y cuatro, a gente en avión, a gente que juraba que volvería y no volvía. Siempre se había dicho que el que se queda también decide algo, y que él había decidido quedarse por razones que no siempre sabía explicar, ni siquiera a sí mismo. Pero con Yasmany era distinto. Yasmany era el que iba a heredar el carro.

«¿Y quién va a convencer al Chevrolet cuando yo no pueda?», preguntó por fin, sin mirarlo. Yasmany había preparado muchas respuestas, todas razonables, pero ninguna para esa pregunta. Le dijo que podían enseñar a otro, que el vecino del garaje tenía un hijo, que él piezas desde allá. Eusebio a todo con una cortesía que dolía más que un reproche.

Los últimos dos meses los pasaron casi enteros en el garaje. Eusebio le enseñó a Yasmany cosas que nunca le había enseñado, no porque fueran secretas, sino porque daba por hecho que tendrían tiempo: el ruido exacto que hace la correa antes de romperse, el para arrancar en frío los días de humedad, la forma de hablarle a un inspector de tránsito. Yasmany lo apuntaba todo en un cuaderno, aunque sabía que en Tampa no le iba a servir de nada. Los dos sabían que no se trataba de mecánica.

El día de la partida, Eusebio insistió en llevarlo al aeropuerto en el que esa mañana, contra todo pronóstico, arrancó a la primera. Se despidieron en la puerta de la con un abrazo corto. Al volver, el carro se paró en la Avenida de Rancho Boyeros, en pleno tráfico, y Eusebio, bajo un sol que partía las piedras, abrió el capó y se quedó mirando el motor sin tocarlo. Tardó más de lo habitual en encontrar la avería. Luego dijo, sin dirigirse a nadie, que era la primera vez que el Chevrolet le hacía eso, y que lo entendía perfectamente.

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1. Why does Yasmany say only nostalgia remains of the Chevrolet?

2. What does 'inventar' mean in the garage?

3. Why was Yasmany's departure especially hard for Eusebio?

4. What does the final scene suggest?